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-Tú si escribes tienes que confiar en tu estilo y no usar trucos ni cosas de esas, porque para eso escribes- me dijo la Pilarica, y acto seguido colgó el móvil para irse en su domingo triste y destemplado de Bruselas a comprar una aspiradora de segunda mano. Hacía años que ella y yo habíamos ido juntos a algún museo y yo me había perdido por las salas y ella me había dicho que si huía de ella o qué. Y lo había dicho como habla ella de todas las cosas como lanzando dardos como explotando como claveles. Una cuestión de estilo.
El otro día vi que una escritora muy famosa de no sé dónde decía que usaba la I.A. para escribir. El diminuto micro-cosmos, tan sentido y desesperanzado, de la cultura española se lanzó en masa a interpretar ese galimatías y su significado para todos nosotros. Yo ni siquiera leí la noticia, solo el titular. Para mí no hay mucho que interpretar.
Dejar que escriba la I.A. creo que significa que no te gusta escribir. Que eso de escribir es un simple medio para follar, para coronarse, para probar suerte y quizás levantar algo de pasta, para formarse una figura pública, para sentir que has hecho algo que no has hecho, buscar aplausos. Mi postura es más aséptica porque para mí escribir solo sirve para eso: para escribir.
Esa idea de que los libros son solo productos me parece una chorrada. Lo peor es que es cierto, es un producto. Otra cosa es que me resista a aceptarlo. Para mí entra dentro del relicario de lo sagrado. Las cosas importantes hay que hacerlas como un monje. Posición constante de rezo y los ojos en el abismo. La mirada de las mil yardas. Ya me dirás tú sino para qué escribes. Si no es por el proceso repetitivo y extravagante de expresar lo mismo de siempre y lo que ya se ha dicho. Si no es porque te parece que hay algo de ti que se asoma en todo eso. Encontrarse en el fondo de cualquier cosa. Escribir es encontrarse en el fondo de cualquier cosa. Escribir es repetir. Escribir es repetir lo que ya se ha dicho. Escribir es constante rezo. Escribir es encontrarse en el fondo de cualquier cosa.
Hace unas semanas fui a ver una exposición de Hammershøi, un pintor (¿danés?) que pintaba interiores, interiores (¿daneses?), fríos, estéticos, asépticos, esa meditada decisión como de ahorcarse como de un trauma atravesado como de copo de nieve de desilusión única. Y que la gente le decía que quería eso, interiores de su casa, y nada de poner personas, nada de verle la cara a ningún miserable. Solo eso, solo el vacío, solo tu casa, una y otra vez. Solo tu casa, Hammer, no me pongas nada más delante. Solo tu casa, por favor. Solo tu casa.
Claro, eso es escribir. Yo pensaba en eso y me perdía de una sala a otra. Solo tu casa, una y otra vez. Hacerlo a mano. Da igual que una persona encaje aquí perfectamente. Que solo salga la casa. Una y otra vez. El mismo ángulo pero no exactamente el mismo. Casi tú, pero sin ser tú. No pongas nada más. No tienes nada más a lo que dedicarte. Para qué. Pásate la vida pintando interiores hasta que parezca que te puedes encontrar a ti mismo en el fondo de cualquiera de ellos. Total, casi todo lo que está fuera no son más que distracciones.




De acuerdo contigo. Muy buen artículo
Este es de mi favoritisimos, Román. No había manera de alcanzarte en los pasillos del Reina Sofía. Ven pronto a Bruselas para que pueda perseguirte de nuevo en los museos y sigamos escribiendo y repitiendo nuestras cosas en bucle hasta el día de nuestra muerte.